Siempre nos despedimos, siempre decimos adiós.
Nunca he podido soportar esa sensación de ahogo que aparece con el último abrazo a una persona que en poco tiempo se ha convertido en una pieza clave para tu existencia, nunca he podido aguantar las lágrimas cuando ves que esa persona se marcha, cuando piensas que quizá esa sea la última imagen de él o ella porque quizá nunca más le vuelvas a ver.
Y siempre, en esos momentos me pregunto si merece la pena el sufrimiento de después, si merece la pena el ahogo y las lágrimas, y siempre llego a la misma conclusión.
Merece la pena, porque todas esas personas que han pasado por mi camino, aunque algunas de ellas ya no sean más que mero recuerdo, son las personas que han hecho que hoy sea tal y como soy, si no hubiese conocido a gente tan diferente a mi, de tan diferentes países y de tan diferentes culturas, quizá entonces hoy en día sería todo lo que no soy, y quizá sería hoy todo aquello que yo odiaría ser...
